ICTUS EMPRESARIAL

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Estamos frente a un inminente cambio de era y nos pasa como con el envejecimiento, no nos damos cuenta. Tenemos que encontrarnos con una persona de nuestra niñez, que no hemos visto en treinta años, para constatar el espejo que ejerce sobre nosotros. Al igual que él, también nos hemos avejentado.

Algo similar está ocurriendo con las empresas. Estamos perdiendo los trabajos algorítmicos, que son los que crean un empleo masivo y de escasa formación, encareciéndolos desproporcionadamente a su rentabilidad hasta el punto de no poder sostener su valor. Así, otros mercados emergentes les sirven a ellos, como a nosotros antaño, para evolucionar a un coste más rentable a la sociedad del momento.

Por otro lado, los directivos han evaluado su trabajo de una forma desmesurada, otorgándose estipendios que superan, en setenta veces siete, al sueldo base profesional.

No existen datos que demuestren que una persona, meramente con su inteligencia, pueda superar el trabajo de setenta veces siete personas, aunadas en equipo y fusionando las ocho distintas inteligencias que, según Oscar Garner, existen entre los seres humanos.

En su génesis, estos dos pilares, aportaron una seguridad que pronto transformamos en la “necesidad de tener”. Se puso en marcha la maquinaría de producción de bienes y servicios a precios cada vez más ascendentes. Todos queríamos los mismos productos, al mismo tiempo y pagamos por ellos el precio que fuera. Esta situación provocó una gran tensión en el tejido empresarial que carecía de suficiente mano de obra para cubrir semejante demanda. No quedó más remedio que importarla en muy poco espacio de tiempo, algo que solucionó el problema de los trabajos algorítmicos, pero también hizo disminuir la producción, debido a su escasa preparación y adaptabilidad a nuestros sistemas productivos. No importaba el precio. El producto asumía todos los costes.

Las empresas necesitaban tecnología y, como no la producíamos, teníamos que importarla. Los bancos simplificaban la labor con la facilidad de concesión de créditos. La adquiríamos al precio que nos pedían, sin ningún control hacia un mercado que podíamos saturar, sin saberlo, por la rapidez de la compra y el pensamiento en la necesidad de muchos empresarios del gremio. Esta acción generó una salida de nuestro capital a otros mercados impidiendo la recuperación en la venta de un producto que, hoy en día, no podemos exportar debido a la fortísima competencia y poca rentabilidad para recobrar el capital invertido.

No sólo ha sido responsabilidad de los empresarios,  también de los agentes sociales, del entorno y de aquellos que no han querido reconocer que la “actitud del tener” ha primado sobre “la actitud del ser” y, como colofón, los Agentes Sindicales, que tampoco quieren aceptar su modernización y el hacerse independientes para tener credibilidad y adaptarse a nueva era.

Todo este exceso de grasas acumulativas nos ha producido un ictus que ha bloqueado nuestros tejidos y las conductas por donde discurría esta forma de proceder. Un ictus tan grueso que ha cerrado las vías de alimentación por ese conducto. Para solucionarlo necesitamos ayuda exterior. Cada día son más empresas las que confían en los nuevos apóstoles, coaches que están poniendo en valor el liderazgo, las emociones y la responsabilidad social corporativa. Líderes personales, coordinados por otros de conjunto, que trabajan con nuevos tipos de valores sociales, hasta ahora dormidos en el ser humano, que son necesarios para tomar un nuevo camino.

Las empresas son creadas para obtener beneficios, en radica su supervivencia, pero actualmente la prioridad ya no reside en ganar mucho dinero, sino el suficiente para mantener su presencia y su evolución en el mercado. Que una empresa no obtenga beneficios reside o en una mala gestión o en el hecho de que tiene que tomar un nuevo rumbo para que su producto no quede obsoleto en el mercado. Ya no hay medias tintas, o se sale de la zona de confort o la tendencia será desaparecer.

La nueva empresa debe de tener como objetivo primordial la transparencia, mostrar sus resultados a los empleados, a los proveedores, a los clientes y a los bancos donde confían su dinero los ahorradores. Pero, además, debe tener un objetivo social, aportar a la comunidad un producto útil y necesario para mejorar su bienestar y aceptar la renovación humana,  el valor de la descendencia de sus empleados y la convivencia familiar.

El personal de la empresa, como principal socio, tiene que aportar emociones para conseguir felicidad en el empleo, honestidad en su forma de actuar. Debe ser responsable, trabajar sin necesidad un jefe, ser su propio líder, fluir en su ocupación, estar preparado para una formación continúa, estar acorde con la espiritualidad de la empresa, de la sociedad y la familia. La nueva forma de confort no es la seguridad, sino la renovación continúa.

Las nuevas empresas han de tener cualidades femeninas para equilibrar “el tener” y “el ser”, así como la espiritualidad motivadora de la nueva sociedad y en el futuro, ya presente, por exigencia y no por convencimiento. Si sus beneficios son rentables deberían revertirlos en la sociedad por medio de la formación, investigación y desarrollo, potenciando que sus trabajos sean más heurísticos que algorítmicos.

Las empresas deben estar dirigidas hacia el interior del ser humano,  ser el eslabón necesario en la cadena de su vida, no encadenarle en “el tener” sino priorizar en “el ser”, mostrando espacios definidos que aporten felicidad , autonomía y desprendimiento del ego.

         “Tu vocación se encuentra en el punto donde se cruzan las necesidades del mundo con tus talentos”. – Aristóteles.

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