Camino de Santiago IV

Capítulo 3. Segovia-Añe IMG_0015

          Cuando llegué a Segovia, al primer hombre que encontré le pregunté por el albergue y cuál fue mi sorpresa que me dijo que allí no se conocía albergue, y era de fiar pues resultó ser amigo del presidente de la Asociación Amigos del Camino, así que  pregunté a dos policías motorizados, quienes me indicaron que a las afueras de Segovia, en Zamarramala existía uno. Ellos me indicaron por donde moverme entre las calles de Segovia hasta un punto concreto cercano al acueducto, donde me esperarían, pero al llegar, el policía no se encontraba con lo que visité la oficina de Turismo allí ubicada. Un joven recepcionista preocupado por mi situación amablemente me informó sobre el lugar donde se encontraba el albergue. El albergue se encontraba a 3 km. de Segovia, en lo alto de una empinada cuesta que con el calor que hacía me iba a hacer sudar, y que además, el albergue estaba “improvisado” y sin buenas cualidades, así que me ofreció una alternativa a aquel albergue y que no se encontraba lejos de la Oficina de Turismo, una pensión regentada por un joven que por un precio de 14 Euros podía hacer noche. Sin dudarlo opté por la recomendación de la habitación de aquella pensión donde me duché y cambié para acto seguido bajar a comer bajo la sombra de una sombrilla justo al lado del acueducto. Tras echarme la siesta recorrí la ciudad hasta las 9 de la noche momento en que decidí retirarme para descansar tras esa larga jornada de 42 km. sin parar y sin alimento previsto.

Al amanecer, estábamos a 9 de septiembre, me preparé y me puse en marcha para desayunar. El joven dueño de la pensión me ofrecía leche y galletas pero preferí desayunar en un bar café y tostadas con aceite. Tras el fenomenal desayuno daba comienzo a la siguiente etapa. Los primeros kilómetros hasta Zamarramala fueron cuesta arriba, como me habían indicado el día anterior, y efectivamente el sudor apareció rápidamente. Una vez alcanzado la cima el terreno se volvía llano y favorable con lo cual retomé mi ritmo normal y seguro. Pasé por Valseca, pueblo pequeño con menos de medio millar de habitantes, y el paisaje de mi alrededor se había transformado en campos de labranza, pequeñas cuestas, ondulaciones, hasta llegar a la ribera del río Mendel donde las huertas hicieron su aparición. Me encontraba en las proximidades  del municipio Santa María de las Huertas, donde al llegar hice una parada para admirar su iglesia de estilo gótico en honor a Nuestra Señora de la Asunción y tomar un café. Tras la parada y con un sol abrasador, continúe hasta Añe, donde al llegar me encontré con el bar cerrado por descanso y sin alternativa para adquirir alimento, pero el recorrido caminado sumaba 22 km. y era el último pueblo con un pequeño albergue donde alojarme sin correr riesgos, así que decidí  hacer la parada diaria e ir en busca de la responsable poseedora de llave del alojamiento para peregrinos. El albergue habilitado era la escuela del pueblo, y la  señora responsable me confirmó que, efectivamente, el bar estaba cerrado al ser lunes, día de descanso tras las fiestas pasadas. Sin posibilidad de alimentarme sugerí que me facilitaran un teléfono para llamar a un taxi , pero me indicaron que eso me iba a costar bastante caro, con lo cual me resigné a pasar la noche sin comida. Ahora lo que me importaba era poder descansar y me dirigí al alojamiento. La escuela, reconvertida en albergue, estaba sucia y en situación semiabandonada y eso a pesar de que hacía poco, dos años, la habían restaurado, pero el techo presentaba goteras humedecidas, el suelo embarrado y además con desperdicios. Mi primera inquietud era rápidamente hacerlo habitable y armándome de valor me dispuse con un cepillo y unos trapos a modo de fregona a limpiarlo. El interés por adecentarlo hizo que mi preocupación por alimentarme se olvidara en pro de adecuar este lugar tanto para mí como para futuros peregrinos. No obstante, poco después, alguien llamó a la puerta y cuál fue mi sorpresa que tras ella estaba la señora quien me traía un bocadillo de tortilla, un chorizo de pueblo frito y una bolsa con un dulce y una fruta.

Reflexión: una vez más, parece que el Camino recompensa las buenas acciones que uno hace.

 

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