Camino de Santiago V

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Capítulo 4. Añe-Villeguillo

Mi alegría y mis emociones eran inmensas, eufóricas en cierta manera, me sentía estar de pleno en el Camino. Después de dar fin al suculento manjar y terminar de limpiar todo, reposé un rato y me salí al patio del edificio. Me di un paseo observando los alrededores donde la paz y el silencio impregnaba el aire y el entorno. Un silencio total, una temperatura adecuada y un frescor ambiental que hacía que respirase esa intensa calma del lugar e hizo que  me incitase a leer. Saqué una silla y me pasé unas dos horas leyendo antes de dedicarme a las tareas diarias del mantenimiento del equipaje, es decir, recoger aquella ropa lavada horas y que secada al sol estaría ya seca.

Tiempo después se presentaron dos personas, ya mayores, que venían de correr y trotar durante una hora con las que mantuve una grata conversación sobre el beneficio del ejercicio diario, del Camino, el pueblo y su modo de vida. Cuando los rayos del sol fueron desapareciendo, los lugareños se despidieron pues  tenían asuntos que realizar. Pero, poco más de 40 minutos después uno de ellos volvió  y me ofreció una sandía.  Me explicó las propiedades de la fruta ofrecida y cómo había sido criada. Me invitó a comérmela entera pues, según él, no me haría daño. Como estaba muy caliente por el sol de todo el día cogí un cubo, lo llené de agua y la puse a refrescar dentro de él no sin antes despedirme nuevamente del lugareño y agradecerle encarecidamente su vitualla. Esperando a que se refrescara, cuál fue mi sorpresa, 15 minutos después apareció su compañero quién me preguntó si había recibido la sandía y si la había abierto. Ante mis explicaciones de la temperatura me insistió en abrirla para comprobar si estaba roja y en caso contrario cambiármela. Efectivamente estaba en roja y gustosa y no fue necesario su sustitución. Nuevamente le agradecí su preocupación y alimento, pues me estaban proporcionando la cena del día. La noche que se estaba haciendo poderosa y me obligó a despedirme para adentrarme en el albergue en busca de la luminosidad. Ya en la soledad del recinto mi mente reflexionaba sobre lo acaecido: aparecieron emociones positivas que me perpetraron un estado casi de euforia, la felicidad me inundaba y creo que hasta un halo de todos esos sentimientos se podría ver alrededor de mi cuerpo si alguien me estuviera mirando en esos momentos. Me hizo sentirme contento y conforme con el mundo que me rodeaba. Durante la noche me desperté varias veces pues el termostato del calentador del recinto se ponía a funcionar y en medio de ese silencio atronador el insignificante ruido del aparato se magnificaba como si un redoble de tambores estuviera en la habitación.

Al amanecer me preparé colocándome la ropa limpia y haciendo la mochila para no tener ningún contratiempo en el Camino. La etapa se presentaba larga según mis pretensiones y posibilidades. Antes de abandonar el recinto recogí todo el albergue procurando dejar una huella positiva de mi estancia allí, y tras ello me dirigí a devolver la llave a casa de la señora encargada del lugar a quien hice entrega para inmediatamente después, entre callejuelas, buscar las señales amarillas que me guiaran para continuar el Camino hacia Pinilla Ambroz.

Llevaba poco más de 2 km recorridos cuando mi mente empezó a sentirse intranquila y como una inspectora de equipajes repasaba los complementos dispuestos en la mochila. Enseguida una imagen tipo flash apareció ante mis ojos: el frontal me lo había dejado debajo de la almohada, la incertidumbre dio paso a la indecisión de si volver o no volver a por ella. Fueron momentos malos, indecisos, no por el valor del objeto sino por su utilidad (poder utilizarla fuera del área destinada al descanso en albergues con salas repletas de muchos peregrinos que imposibilitaran el descanso). Pensé en la posibilidad de comprar otra durante el camino pero  me instinto me decía que sería difícil, pero el pensamiento de beneficio futuro me hizo que optase por volver en busca del frontal. Cuando llegué a la puerta de la casa donde habitaba la ama de llaves, a pesar de la hora temprana,  vi que la cortina se movía, y que la puerta estaba entreabierta. Tras dar unos pequeños golpes se asomó un hombre quien al contarle lo sucedido me entregó las llaves del albergue con la condición de que me diera prisa para devolverlas o las echara al buzón si él no se encontraba en casa. Recogí lo más rápidamente el frontal y retomé el Camino nuevamente sin perder ni un minuto. El Camino, con retraso, se aventuraba ahora más caluroso y encima el transcurso de la etapa hasta Nieva, a unos 14 km,  transcurría por una meseta con poca arboleda.

Tras caminar unos kilómetro y pasar Pinilla de Ambros llegué a las inmediaciones de Santamaría de Nieva. En ese punto, tuve un pequeño despiste, pues tenía que haber girado a la izquierda y en vez de ello continúe recto. Metro a metro por el camino equivocado tenía la sensación de que el recorrido no era el adecuado, pero no había nadie a quien preguntar. Seguí avanzando y al llegar a un cruce de caminos vi a unos 100 metros, como si un espejismo fuera, a un ganadero en su vehículo quien a la distancia y con voz poderosa me indicó que siguiera con la vista su vehículo pues a la distancia percibiría cual era el camino correcto. Así hice, siguiendo la estela polvorienta de su vehículo en movimiento y con sus indicaciones supe corregir mi rumbo y para ello me dirigí en diagonal hacía el Camino y así evitar volver sobre mis pasos y dar una vuelta en busca de ese punto. Al atravesar el campo  en busca del Camino, me encontré una cuerda con muy buen aspecto, pero ante la duda de si cogerla o no, desistí y continúe hacia el Camino, circunstancia que más tarde me harían acordarme de ella. El paisaje del Camino poco a poco empezaba a cambiar, los pinos hicieron su aparición en las aproximaciones a Santa María de la Real Nieva. El verdor de los pinos reemplazaba al sobrio y seco  terreno preceden y el continuo piar  de los  pájaros revoloteando manifestaban el poder de la vida.

Pasé el pueblo y por la sombra de los pinos transcurría mi caminar en pro del siguiente punto de parada con objeto de desayunar. El municipio de Nieva fue el lugar, el cual no abandoné sin realizar una pequeña visita alrededor de su Iglesia. Continúe mi viaje hacia Navas de la Asunción, entre medio de pinares y acompañado por el silencio, la soledad y el gaznar de los grajos quienes parecían anunciar mi llegada al municipio. Los pinares estaban en activo, algunos con cortes nuevos indicando que la recogida de la resina comenzaba en breve. Avanzando en el Camino me encontré con dos peregrinos ciclistas que venían de regreso después de hacer el Camino. Paramos a charlar un rato y me facilitaron información de lo que ve aventuraba más adelante: una mina abandonada que me haría andar 2 km más y un tramo en el camino lleno de barro generado por el agua de una tubería próxima a un campo de trigo y patata que lo había inundado, donde me podía quedar atrapado como lo fueron ellos y eso que el aspecto de sus superficie era seco, pero debajo había como unos 20 cm de arenas movedizas. Les agradecí la información y proseguí rodeado de ese paisaje de mariposas, saltamontes y muchos insectos voladores. Me llamó la atención una banda de mariposas apareándose, su forma de colocarse, una encima de otras que parecían miles, haciendo cabriolas en el aire. Se posaban, se separaban y volaban  repitiendo la escena una y otra vez.

En el lento caminar por el cansancio de la etapa, me aproximaba a Coca, con intención de disfrutar y reponer fuerzas comiendo. El cansancio me abría la llave del pensamiento y la reflexión sobre uno y sobre lo que nos rodea. En Coca, sus habitantes están más acostumbrados a que por sus calles deambulen peregrinos camino de Santiago, y por ello se muestran gustosos en la conversación con los peregrinos, así como en indicarte donde comer o que ver. Percibes que eres bien acogido y respetado como peregrino. La villa, con muchos edificios palaciegos y con Castillo incluido invita a su visita y disfrute y así hice tras la comida. En esa mini visita cultural entablé conversación varias veces con vecinos  que al decirles que era de Pinto me comentaron que dos familias de Coca vivían en la actualidad en mi ciudad, incluso me facilitaron datos hasta tal punto que creo que a algún miembro de ellas tengo el placer de conocer. Salí de Coca, con sensaciones positivas y  energía, tanto física como emocional y espiritual, rodeando el Castillo hasta coger la carretera donde me indicaban las señales para adentrarme nuevamente en el Camino. El calor de la tarde se había intensificado, llegando a ser por momentos abrasador y eso que discurría entre pinares. El silencio del Camino permitía apreciar mejor los sonidos de la naturaleza, la vida de otros seres como saltamontes, o el crujir de las agujas de pinos secos al pisar sobre ellos. Avanzaba hasta llegar al último pueblo de la provincia de Segovia, Villeguillo. En sus inmediaciones se evidenciaba una actividad agrícola basada en plantaciones de patatas y pimientos, labores agrícolas realizadas por tractores y que permitirían seguramente la supervivencia de tal núcleo. Llegué sobre las 5 de la tarde y  como es habitual, tenía que localizar al responsable del alojamiento, ante lo cual me facilitaron un teléfono. Al otro lado del teléfono se puso un joven de unos 18 años, como luego pude comprobar,  quien se interesó por el lugar donde me encontraba para indicarme por donde debía seguir hasta llegar al lugar para alojarme. Así,  10 minutos después, nos encontramos en el lugar emplazado y como responsable del lugar, amablemente, ve indicó como tenía que actuar para no utilizar nada más que la habitación de 6 plazas que me ofrecía y sus servicios correspondientes, pues existían  más salas al margen de ésta. Igualmente, me comunicó que al abandonar el recinto a la mañana siguiente dejara la llave en el buzón. Comencé, como un ritual, a deshacer la mochila,  preparar el saco de dormir, sacar ropa limpia, bolsa de aseo, y por supuesto, la ducha. Tras asearme y cambiarme a una ropa más cómoda recogí la ropa sucia para lavarla y limpié las botas para el día siguiente. Me acordé de aquella cuerda que dejé abandonada ese mismo día en el camino pues el lugar carecía de cuerda para colgar la ropa recién lavada y tuve que utilizar algunos arbustos y la alambrada de la fachada posterior para tenderla. Tras este protocolo rutinario adaptado al lugar, me fui a dar un paseo por el pueblo a comprar algo para cena. Al volver tenía que pasar por una ermita en la cual había varios grupos de señoras esperando su apertura a las 8 de la tarde. Faltaban 15 minutos y me apresuré en dejar la compra realizada para estar presente en el acto litúrgico. Un acto litúrgico que, como me indicaron, sólo lo realizaban en esa ermita durante las fiestas patronales. Dentro de ella me encontré al responsable del albergue y minutos después apareció el sacerdote para oficiar la misa dirigiéndose a los feligreses de manera cercana y amable. No supe si permanecer o abandonar la estancia pero la actitud de acercamiento del párroco me hizo que allí permaneciera durante la liturgia. Fue acto lleno de espiritualidad compartida por los  asistentes como gotas de agua en el mar. Al finalizar la misa, me despedí del joven, de su madre y demás asistentes, casi todas mujeres, que percibidas por el joven de quien era, de donde venía y hacia donde me dirigía mostraron su admiración y respeto. Me dirigí hacia mi refugio nocturno, el albergue. Ya allí procuré ir dejando todo en orden, apagando luces a medida que subía las escaleras hacia mi habitación. Allí cogí la bolsa de la compra para sentarme en una especie de comedor-cocina donde cené. Acto seguido preparé el bocadillo para la jornada siguiente y algunos frutos secos que darían energía mientras avanzara en el Camino.

Reflexión: El Camino genera certezas:  uno forma parte de algo, si no muestras tú espiritualidad, ese algo pasara de largo  si no la aplicas.                      

 

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